Opinión
Confianza y Riesgo en un Cambio de Época
La XXXI Reunión Plenaria del Círculo de Montevideo, celebrada a mediados de octubre en la Ciudad de México, resultó particularmente estimulante. Convocada para debatir el cambio civilizatorio que estamos atravesando, me brindó la oportunidad de participar en un panel dedicado a analizar la confianza y el riesgo. Durante mi intervención retomé algunas ideas que había presentado en una reunión anterior del Círculo, cuando discutimos la confianza en la sociedad contemporánea y me tocó reflexionar sobre el impacto de los conflictos. Aquella reflexión quedó recogida en mi artículo «El impacto de los conflictos y la globalización fragmentada», publicado en este blog.
La pérdida de eficacia de la sabiduría convencional
En aquella ocasión sostuve que uno de los problemas de nuestro tiempo era la pérdida de eficacia de la sabiduría convencional para anticipar las consecuencias de nuestras decisiones. Durante décadas nos apoyamos en ciertas relaciones relativamente estables entre las variables económicas, políticas y sociales. Esas relaciones no eliminaban los riesgos, pero nos ofrecían un marco para proyectar resultados con algún grado de confianza.
Cuando comenzaron los debates del Círculo de Montevideo, hace treinta años, por ejemplo, al negociar un acuerdo comercial podíamos esperar que la reducción de los aranceles aumentara los intercambios, estimulara determinados flujos de inversión y produjera cambios en los mercados de trabajo y en las estructuras productivas de los países participantes. Podíamos discutir la magnitud y la distribución de esos efectos, pero teníamos cierta confianza en las relaciones que utilizábamos para estimarlos.
Hoy esas relaciones son menos estables y sus resultados, mucho menos lineales. La globalización puede contribuir a reducir las diferencias de ingresos entre países y, al mismo tiempo, aumentar la desigualdad dentro de algunos de ellos. Las barreras impuestas por las tensiones geopolíticas podrían hacernos pensar en un proceso de desglobalización. Sin embargo, con frecuencia no eliminan la interdependencia: reorganizan la globalización, la fragmentan y la vuelven más selectiva.
Podemos observar fenómenos semejantes en la energía, la tecnología y las finanzas. El problema no es solamente que debamos considerar más variables. Es que las relaciones entre las variables sobre las cuales construíamos nuestras predicciones ya no parecen funcionar con la estabilidad de antes. Por eso nos resulta más difícil anticipar las consecuencias de las decisiones que tomamos.
Del riesgo a la incertidumbre radical
Este problema tiene una importante tradición intelectual. En 1921, Frank Knight publicó Risk, Uncertainty and Profit y estableció una distinción que sigue siendo fundamental: el riesgo corresponde a situaciones en las cuales podemos asignar probabilidades con un grado razonable de confianza; la incertidumbre, a aquellas en las que no podemos hacerlo.
Casi un siglo después, John Kay y Mervyn King retomaron y profundizaron esa discusión en Radical Uncertainty, publicado en 2020. Su planteo va más allá de la dificultad para medir las probabilidades. Advierten que, en numerosas situaciones relevantes, los propios modelos probabilísticos no representan adecuadamente la realidad que pretendemos comprender. Agregar números a esos modelos puede ofrecernos una falsa sensación de precisión, sin mejorar nuestra capacidad de decisión.
La diferencia me parece fundamental. En Knight, el problema es nuestra capacidad de medir el riesgo. En Kay y King, el problema puede ser anterior y más profundo: la manera en que representamos el mundo y comprendemos los procesos que determinan los resultados. Es, en definitiva, otra forma de describir la pérdida de eficacia de nuestra sabiduría convencional.
¿Cómo construir confianza sin previsibilidad?
Esta transformación modifica nuestra relación con la confianza. Históricamente confiamos en una política pública, una institución, un mercado o incluso un orden internacional porque conocíamos sus reglas y suponíamos que estas nos permitirían anticipar, dentro de ciertos márgenes, las consecuencias de nuestras decisiones.
Pero si no podemos asignar probabilidades confiables, esa previsibilidad se reduce. Y si nuestros modelos ni siquiera representan apropiadamente los procesos que intentamos analizar, no podemos seguir apoyándonos en ella como fundamento principal de la confianza. La pregunta que debemos hacernos es, entonces, cómo construir confianza sin previsibilidad.
Instituciones capaces de adaptarse sin perder su propósito
Douglass North, Premio Nobel de Economía, definió las instituciones como restricciones creadas por los seres humanos para estructurar las interacciones políticas, económicas y sociales. Su función es contribuir a crear orden y reducir la incertidumbre. Esta perspectiva, vinculada también a la tradición inaugurada por Ronald Coase (1988), ha sido extraordinariamente influyente.
Pero ¿cómo aplicarla cuando el contexto cambia más rápidamente que las instituciones diseñadas para organizarlo? Las transformaciones tecnológicas, sus efectos sobre la política interna y sus consecuencias para las relaciones internacionales nos enfrentan a esa pregunta cada día.
En un entorno relativamente estable, las reglas claras y su continuidad nos ayudan a predecir resultados y a confiar en las instituciones. En condiciones de incertidumbre radical, esa función sigue siendo necesaria, pero ya no es suficiente. Una institución también debe ser capaz de advertir que la realidad ha cambiado, reconocer que algunos de sus supuestos han dejado de funcionar y adaptar sus mecanismos de respuesta sin abandonar el propósito para el cual fue creada.
Se trata de un equilibrio delicado. No propongo sustituir la estabilidad de las reglas por la discrecionalidad de decisiones permanentemente cambiantes. Propongo combinar estabilidad institucional con capacidad adaptativa. En otras palabras, preservar los principios y, al mismo tiempo, renovar los instrumentos.
Tres planos de un mismo desafío
En el plano de las instituciones democráticas, la confianza depende no solamente del respeto a las reglas y los procedimientos, sino también de su capacidad para responder competentemente a transformaciones que no estaban previstas cuando fueron diseñadas. Eso exige mejorar la participación ciudadana y los mecanismos de toma de decisiones, sin abandonar los principios que sustentan la democracia liberal.
En el plano económico, las empresas deben incorporar a los criterios tradicionales de eficiencia, costos, mercados y rentabilidad otros igualmente decisivos: resiliencia, seguridad, riesgo político y dependencia estratégica. Esta nueva realidad también exige instrumentos prácticos. Un acuerdo comercial, por ejemplo, podría incorporar mecanismos de revisión dinámica que permitieran ajustar determinadas concesiones ante acontecimientos previamente definidos, en lugar de asumir que todas las condiciones permanecerán constantes.
En el sistema internacional, finalmente, debemos aprender a organizar la interdependencia en un escenario más político, selectivo y fragmentado. La seguridad condiciona el comercio; la geopolítica influye sobre la tecnología; las decisiones de inversión responden también a consideraciones estratégicas. Esta realidad invita a pensar en mecanismos de salvaguardia geopolítica capaces de sostener la cooperación, incluso cuando cambian las condiciones que la hicieron posible.
La confianza que necesita un nuevo orden
No creo que resulte especialmente útil discutir si vivimos en la época de mayor incertidumbre de la historia. La Guerra Fría, las crisis financieras y la pandemia nos recuerdan que hemos atravesado períodos de enorme incertidumbre. Lo relevante es identificar la incertidumbre que importa para cada decisión y reconocer los límites de nuestro conocimiento.
El orden internacional que está emergiendo probablemente será menos uniforme, tendrá diversos centros de poder y combinará cooperación y rivalidad. Mantendrá una elevada interdependencia económica, junto con mayores consideraciones de seguridad y transformaciones tecnológicas que seguirán poniendo a prueba nuestra capacidad de respuesta institucional.
Por eso, el desafío no consiste simplemente en recuperar la previsibilidad para reconstruir la confianza que conocíamos. Consiste en desarrollar una forma de confianza apropiada para un mundo en el cual nuestra capacidad de anticipación será necesariamente limitada.
Una confianza que no repose en la ilusión de eliminar la incertidumbre, sino en la solidez de instituciones capaces de preservar reglas y propósitos, aprender de los cambios y adaptarse a ellos. Porque la confianza no elimina el riesgo: nos permite actuar cuando no podemos eliminar la incertidumbre.
Quizá una de las tareas centrales de nuestro tiempo sea precisamente construir instituciones en las que podamos confiar, no porque sean capaces de predecir el futuro, sino porque sepamos que pueden actuar responsablemente cuando el futuro se presenta de una manera diferente de la que esperábamos.
Referencias
Knight, Frank H. (1921). Risk, Uncertainty and Profit.
Kay, John y King, Mervyn (2020). Radical Uncertainty: Decision-Making Beyond the Numbers.
North, Douglass C. (1991). “Institutions”. Journal of Economic Perspectives, 5(1), 97–112.
Coase, Ronald H. (1988). The Firm, the Market and the Law. Chicago: University of Chicago Press.
Magariños, Carlos (s. f.). «El impacto de los conflictos y la globalización fragmentada». Blog personal. https://carlosmagarinos.com/es/el-impacto-de-los-conflictos-y-la-globalizacion-fragmentada/