¿Sobre qué pilares construimos la sociedad del futuro?; ¿Qué instituciones necesitamos para lidiar con un mundo en disrupción dinámica?
Son estas preguntas amplias, que podrían contestarse de diversas maneras. La analogía entre los procesos disparados por la invención de la imprenta y por la revolución digital, utilizada con alguna frecuencia, me servirá para encauzar una respuesta.
La aparición de la imprenta moderna (Siglo XV) multiplicó la producción de textos religiosos, científicos y técnicos, extendiendo la alfabetización del clero y la nobleza a la burguesía urbana, dando luz al nacimiento de una esfera pública.
Esos eventos, en combinación con la fragmentación del poder político europeo y la expansión del comercio y de las rutas marítimas dieron lugar a un proceso que transformó una sociedad teocéntrica, jerárquica y oral, en otra crecientemente secular, científica y letrada. Su manifestación comienza con el Renacimiento.
Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro promovieron una visión secular y racional del mundo. Da Vinci y Miguel Ángel revolucionaron las artes visuales en base a la experimentación y la observación. Galileo y Newton impulsaron una revolución científica que dio nacimiento al pensamiento moderno, basado en la observación, la medición y la sistematización de datos.
No fue este un proceso lineal ni pacífico: incluyó guerras religiosas, persecuciones y profundas reconfiguraciones del poder. Pero, a largo plazo, sentó las bases para el Racionalismo y la Ilustración (siglos XVII y XVIII) que exaltaron el uso de la razón, la ciencia, la educación y la crítica a la autoridad tradicional.
Rousseau y Montesquieu desafiaron el orden absolutista proponiendo un nuevo pacto entre el individuo y el Estado. Adam Smith y otros economistas ilustrados postularon un nuevo orden económico regido por el mercado, la competencia y la propiedad privada.
Entre 1750 y 1850 surge y se consolida la Revolución Industrial, que desarrolla nuevas formas de organización del trabajo, la producción y el comercio. Casi al mismo tiempo, la Revolución Americana (1776) y la Revolución Francesa (1789) dan nacimiento a un nuevo sistema político.
Los cambios encadenados desde el Renacimiento a la Ilustración nos dieron el capitalismo y la democracia representativa. ¿Nos dará la era digital también una nueva forma de organización económica y un nuevo sistema político?
La evolución de la informática, la Web, los motores de búsqueda y las redes sociales, replicaron exponencialmente el efecto de la imprenta: difunden del conocimiento, descentralizan la autoridad y alumbran una nueva esfera pública, esta vez digital.
Estos procesos, potenciados por la Inteligencia Artificial, forman parte de una combinación de eventos sistémicos de alcance global que marcan un cambio de época, tales como la llegada de las Economías Emergentes (lideradas por China) a la vanguardia de la economía internacional, el surgimiento de una Nueva Clase Media Global y el impacto creciente del cambio climático.
Nuevas formas de organización —basadas en algoritmos, datos y redes— transforman y reconfiguran el lugar de las antiguas jerarquías. Así como la razón moderna amplió el campo del saber en oposición a la primacía de la autoridad teológica, hoy la inteligencia artificial y la lógica predictiva cumplen un papel semejante: refuerzan y, en ciertos ámbitos, podría especularse con que rivalizan con el razonamiento deductivo tradicional.
Estas similitudes entre los procesos de invención de la imprenta y el surgimiento de los computadores, sin embargo, no deben ocultarnos dos diferencias clave.
La primera es la dimensión temporal. Entre la invención de la imprenta (y los procesos conexos mencionados) y el Renacimiento o el siglo de las luces transcurrieron cientos de años. En el caso de la informática, los cambios tiene lugar en el transcurso, a lo sumo, de una generación.
En segundo lugar, mientras que la imprenta es una herramienta al servicio del hombre para aumentar su capacidad de diseminar información y conocimiento, la informática en cambio es una tecnología. Procesa y recombina información y generó la inteligencia artificial, una versión tecnológica nueva y poderosa que desafía nuestra capacidad de controlarla.
Estas dos diferencias podrían explicar parte de la “fatiga institucional” que las instituciones de la era industrial experimentan frente al cambio tecnológico y que limitan nuestra capacidad para gestionarlo de manera apropiada.
En 2013, en “Argentina 4.0 La Revolución Ciudadana” (Ed. Prometeo), intenté explicar la emergencia de una ”nueva economía” (por los nuevos patrones de consumo y organización de la producción generados por el cambio tecnológico en un contexto de globalización acelerada) y el surgimiento de la “Democracia Digital” (por el empoderamiento ciudadano y el rediseño de la gestión política), abogando y prediciendo el surgimiento de nuevas instituciones para la era digital.
No fui el único en hacerlo. Jonathan Haskel y Stian Westlake alertaron sobre el surgimiento de una “Economía Intangible”, explicando el descontento de la comunidad internacional con la globalización en la falta de instituciones adecuadas para regularla (“Capitalismo sin Capital”, Ed. Princeton, 2017 y “Reiniciando el futuro”, Ed Princeton, 2022).
Jamie Susskind, por su parte, plantea que la tecnología digital está generando una nueva forma de poder político y plantea la necesidad de crear instituciones que democraticen el desarrollo tecnológico y limiten el poder de las grandes plataformas. (“Política Futura”, Oxford University Press, 2018 y “La República Digital”, Pegasus Books, 2022).
Otros autores, como Shoshana Zuboff, Mustafa Suleiman o Yuval Harari nos plantean el dilema institucional que presentan las nuevas tecnología. La prometida (mayormente realizada) descentralización del poder y empoderamiento individual que tuvo lugar en los primeros años de desarrollo tecnológico está mutando rápidamente hacia la supervisión, la influencia y el control del comportamiento humano.
Parece que todos concordamos en la necesidad de modernizar las instituciones existentes y en desarrollar nuevas para limitar, una vez más en la historia humana, la concentración de poder en pocas manos; las de quienes controlan las nuevas tecnologías. Una economía intangible y prácticas democráticas digitales pondrán a prueba nuestra determinación de aportar soluciones prácticas a desafíos muy concretos que plantea el imperio de las nuevas tecnologías.
La necesidad de instituciones independientes de supervisión tecnológica y alfabetización digital ciudadana que establezcan principios normativos para el diseño algorítmico parecen las más obvias y primeras instancias de un proceso de diseño institucional que exige nuestra imaginación, dedicación y conocimientos.
Se trata de una empresa enorme, que algunos pueden calificar de utópica, pero que será difícil de eludir. Probablemente tengamos que atravesar un período tumultuoso de transformaciones caóticas, como ocurrió en otros momentos de la historia.
Si no lo intentamos, sin embargo, pondremos en riesgo los progresos alcanzados para proveer justicia, asegurar la libertad y proteger la dignidad de los seres humanos.