En diciembre de 2024, participé de la reunión plenaria número 29 del Círculo de Montevideo, que tuvo lugar en la Ciudad de México. Me invitaron a debatir sobre el impacto de los conflictos, una tarea desafiante, en el contexto de una reunión convocada para debatir sobre “La Confianza en la Sociedad Contemporánea”.
Cuando comenzamos los debates del Círculo de Montevideo, en el año 1996, sus fundadores nos proponían analizar un cambio de época. Se trataba de una empresa difícil y desafiante. Sin embargo, contábamos con algunos parámetros que nos permiten evaluar los impactos de los cambios, más o menos conflictivos, que tuvieron lugar en las últimas décadas.
Por ejemplo, nos animábamos a pronosticar, con cierta confianza, que las negociaciones de integración económica regional (siempre conflictivas, como sabemos quiénes participamos en ellas), ofrecían grandes posibilidades de alcanzar un impacto positivo en las economías nacionales a través de mayores niveles de comercio e inversión y, por lo tanto, las mismas permitirían aumentar y modernizar la estructura del mercado de trabajo.
Con esos parámetros, a lo largo de los últimos 28 años, el Círculo de Montevideo ha analizado y debatido las rivalidades, los conflictos, y las características que definieron un cambio de época, signado por; a) la llegada de las economías emergentes a la vanguardia de la economía internacional; b) el surgimiento de una nueva clase media global; c) la necesidad de reconocer el valor del capital natural, debido a la crisis del ambiente que sufre nuestro planeta, y d) la llegada de la segunda era de las máquinas, en el contexto de una revolución de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones.
Lo que me gustaría postular aquí es que la sabiduría convencional que nos ayudó en el pasado para evaluar los impactos de los cambios y los conflictos políticos y económicos que transitamos, hoy está en crisis.
Permítanme ofrecer un ejemplo; ¿qué sugiere la sabiduría convencional sobre los tiempos actuales?
En las sesiones regulares del análisis económico, organizadas por fondos de inversión americanos, de las que participo con alguna periodicidad, por ejemplo, se pronosticaba un duro camino para los mercados bursátiles en la presente década, debido a las altas tasas de inflación. Sin embargo, el índice S&P sube y supera los 6.000 puntos al día de la fecha y los especialistas lo ven en 6.600 a mediados de este año. Sus 10 activos principales, que representan el 34% del fondo, aumentan 15% en 5 años.
Se planificaba también el invierno de la Inteligencia Artificial en la década de 2020. Sin embargo, esta década parece ser la de la “fiebre del oro” de la Inteligencia Artificial. Más allá de la fiebre del oro de la inteligencia artificial que representan los gigantes tecnológicos, la densidad de los centros de datos creció 8%, el mercado de chips se multiplicó por 14, y el consumo de energía se multiplicó por 3.
También se le pronosticaba la muerte de las criptomonedas, y en realidad las cripto perdieron 1.4 trillones de valor en 2022, pero ahora, alcanzan valores en el entorno de los 3 trillones.
También se pronosticó el declive de la industria de oil & gas. Sin embargo, aumentaron las energías convencionales y en el índice S&P la energía está en el máximo desde 2014.
Estos son solo algunos ejemplos que presento con la intención de postular que nuestra capacidad de predecir los impactos de las medidas de política, de los cambios y los conflictos, se ha reducido.
En mi opinión, esto se explica, en cierta medida, porque nos enfrentamos crecientemente con una realidad cada vez más fragmentada. En ese contexto de fragmentación, entender las interacciones entre las decisiones de política, la dinámica económica y la respuesta social se vuelve cada vez más relevante.
Una realidad más fragmentada impide obtener conclusiones directas (como las que obteníamos al aplicar la sabiduría convencional) y nos obliga a prestar más atención a las interacciones.
Un mismo fenómeno, por ejemplo, la integración de los mercados de comercio e inversión globales, es considerado un elemento clave para explicar la reducción de la desigualdad entre países y, al mismo tiempo, el aumento de la desigualdad dentro de las economías nacionales.
Tomemos el caso del comercio global. En este campo estamos frente a un fenómeno histórico. El índice de apertura comercial retrocede por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.
Entre 2008 y 2021 se ubicó en torno al 60%, reduciéndose ahora hasta el 57,2%. Ahora bien, este proceso de fragmentación que experimenta la globalización nos muestra un fenómeno más complejo, donde las exportaciones de Rusia y China al G7 cayeron 10 puntos porcentuales en cinco años, mientras que las de Reino Unido aumentaron 10% en ese lapso.
La caída en el Índice de Apertura Comercial, explicada por el aumento de medidas en frontera que obstruyen el comercio (que pasaron de 1.800 en 2020 a 3.200 en 2023), no impide que el comercio global crezca este año 2,7% y se pronostique un crecimiento de 3% en 2025. ¿Cómo se explica esto?
Hay varias razones, pero me gustaría resaltar dos. La primera señala que los flujos de comercio se han vuelto más complejos, además del comercio de commodities, insumos físicos y productos manufacturados, esos flujos incluyen crecientemente servicios, datos e información, prestaciones entre personas, telemigraciones, etc.
Y en segundo lugar, un tercio del comercio global es intrafirma y otro tercio es entre grandes compañías globales y sus proveedores. Las grandes compañías globales son cada vez más poderosas y rivalizan con las grandes economías del mundo en términos de valor bursátil. Si las admitiéramos en el grupo de los 20, Apple estaría en el sexto lugar, Microsoft en el octavo, Nvidia en el décimo, Alphabet en el 14 y Amazon en el 16.
¿Cómo evaluar entonces el impacto de los cambios, de los conflictos, de las distintas realidades que enfrentamos?
Mi propuesta se basa en enriquecer nuestra sabiduría convencional mirando de cerca las interacciones entre los cambios políticos, la disrupción tecnológica y la incertidumbre radical que enfrentamos, ya que estas interacciones definen una realidad fragmentada que admite impactos diferentes según el plano de análisis para un mismo fenómeno.